viernes, 7 de octubre de 2011

Un Balenciaga variopinto y navegante







Era una cápsula: un espacio del futuro que detiene los instantes del pasado por medio de objetos, fragmentos de tejido, ecos antiguos y al final vestidos, trajes, faldas, vuelos y brocados que cuentan cada uno su historia por si mismo. Aquella ocasión, una dama, una debutante, un amor juvenil, una fiesta solemne pero también un  día gris, una salida de compras, todo envuelto en la condenada hermosura de cada pieza. Quien lo encargó, por qué, para qué y un fragmento de algo que pervive y que está ahí hablando, como una realidad que sucede exenta, ya aislada de la mano del maestro; recorrer las salas en silencio, como si se asistiera a una liturgia extraña, pero también poder imaginar lo que se sentiría al vestir algo de aquello – quizá una obra de arte, pero con una vigencia mas carnal - una musa, una diosa, la mujer más bella del mundo, sin puntadas hechas, sin adorno superfluo, esencial. Formas y tejidos destinados a seres en forma de mujer afortunada, quizá excusas, quizá verdaderas protagonistas de esa carnalidad delicada y precisa de Cristóbal Balenciaga: poder escapar del ruido del mundo, el stress y las pasiones inmediatas del día a día, del  low cost  que nos viste, y desaparecer dos días hacia un oasis de belleza religiosa; no existe terapia mejor que esa inmersión silenciosa y expresiva que el Museo  Balenciaga propone, frente a un mar que devuelve en ecos fugaces y lejanos palabras que se hicieron obras, entre patrones y costuras. Ese silencio jugoso de la forma como manera de no interrumpir el dulce pensamiento por el cual lo bello también existe, si bien dentro de un mundo privado y recoleto, como una leve indicación para iniciados - pero también mucho después para el asombro de los más -, para crear así un mundo mágico de ensoñaciones colectivas dentro de una sinfonía absoluta de los sentidos




 

El museo cae lejos - ¿existe algún museo realmente cercano...? - para muchos, pero merece la pena señalar con un lápiz en el mapa ese punto de destino marcado con una gran X como lo hacían los antiguos navegantes de Guetaria cuando rodeaban el mundo apenas sin saberlo. Y obviamente, como no podía ser menos, también Balenciaga puso esos signos en otros mapas mucho más mentales pero también arquitectónicos, y por qué no – marinos, en su singladura por los cuerpos: las piezas que se exhiben hablan por si mismas y cuentan sobre esas navegaciones y arribadas a puertos celestes y exóticos de un hombre artista y costurero, y es precisamente a través de una selección cuidadosa y casi indicativa que se muestra, como el espectador  puede - poco a poco, él también – construir sus propios mapas disponiendo sus signos, entender el porqué y la razón de cada prenda, los vestidos de calle, de cóctel, de la fiesta o de novia, abrigos que a veces dejan de serlo para convertirse en iconos de humanidad, en verdaderos personajes de una obra que no está escrita, pero que se muestra, vaporosa, deslizándose sutil – casi perdiéndose - entre las salas oscuras del recorrido. Pequeñas, quizá grandes obras maestras que producen asombro y un ensimismamiento absorto en la perfección de la forma que logra traspasar la frontera del tiempo real y dejar algo que es una huella sensible, el deseo de lo intangible y hermético alojado detrás del vidrio como una epifanía de realidad. Algo que apenas se deshace y se pierde cuando suena un altavoz que indica que aquello se acaba, se hace tarde y esa representación queda ya para los ausentes, para los que no han ido o irán,  o también para todos los que quieran volver. El día sucumbe, pero el eco permanece en cada uno, despacio, habitando entre los árboles del jardín de la entrada la experiencia del genio.






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fotos -hechas por mí- del libro 'Balenciaga' Museoa



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